Sherry Turkle, catedrática del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) desde 1976, presentó su libro sobre intimidad artificial durante un evento del MIT Future Fest. La autora, que lleva décadas investigando la relación entre humanos y computadoras desde los primeros ordenadores domésticos hasta la irrupción de ChatGPT, ofreció una reflexión centrada en un fenómeno innato: la tendencia humana a atribuir humanidad a las máquinas con las que interactuamos.
El acto contó con la participación de Pat Pataranutaporn, colega de Turkle y fundador del grupo de investigación Cyborg Psychology en el MIT Media Lab, quien aportó su perspectiva sobre las implicaciones psicológicas de normalizar estos vínculos con sistemas artificiales.
La programación biológica detrás de la antropomorfización
Turkle sostiene que cuando entramos en intercambios, aunque sean primitivos, con artefactos relacionales, tendemos a creer que nos tienen afecto. Y nosotros, a nuestra vez, estamos biológicamente programados para corresponder. La investigadora no ve esto como una anomalía individual, sino como un patrón profundamente arraigado en la naturaleza humana.
Datos concretos respaldan esta observación. Un estudio reveló que aproximadamente el 70 por ciento de las personas se muestran educadas al interactuar con sistemas de inteligencia artificial. Otra investigación demostró que los usuarios son más propensos a decir por favor o gracias a los chatbots una vez que la conversación ha superado el primer intercambio de pregunta y respuesta. La cortesía hacia la IA no es una decisión consciente, sino una reacción automática.
Estos hallazgos se enmarcan en una línea de investigación que Turkle inicia hace más de tres décadas, cuando estudió el impacto psicológico de los primeros ordenadores domésticos y programas conversacionales como ALICE. Lo que entonces era una curiosidad académica sobre máquinas simples se ha convertido en un fenómeno de masas con modelos lingüísticos capaces de sostener diálogos coherentes durante horas. La diferencia cuantitativa genera una consecuencia cualitativa: cuanto más fluida y prolongada es la interacción, más se activa el mecanismo de proyección emocional.
En el laboratorio CSAIL del MIT, esta dinámica se hizo visible de manera tangible. Un grupo visitó unos robots humanoides Unitree, que valen alrededor de 50.000 dólares y que normalmente solo se ven en vídeos de YouTube ejecutando rutinas marciales sincronizadas o bailando en concursos de talento. Ante ellas, la reacción fue inmediata e instintiva: se saludó al robot por su nombre, Gabe, se le tomó la mano con guante y se le dio la mano como se haría con cualquier otra persona, a pesar de saber que no es consciente.
Quiénes somos cuando hablamos con la IA
Pat Pataranutaporn matizó que las personas suelen clasificar estas interacciones en correctas o incorrectas, pero consideró que la frontera no es clara. La pregunta fundamental, según el investigador, es quiénes nos estamos convirtiendo cuando nos relacionamos con la inteligencia artificial. La educación hacia un robot no tiene consecuencia material directa, pero cuando los modelos lingüísticos grandes se infiltran en búsquedas de Google, servicio al cliente y otras esferas cotidianas, la interacción con chatbots que parecen conscientes se ha vuelto rutinaria.
Pataranutaporn se autodenomina optimista crítico y estudia el potencial de la IA para contribuir al florecimiento humano. Sin embargo, reconoce los peligros en los extremos. Sirvió de perito en un juicio por homicidio relacionado con el suicidio de Sewell Setzer III, un adolescente de 14 años cuya madre demandó a Character.AI, alegando que un chatbot basado en un personaje de Juego de Tronos había alentado a su hijo a quitarse la vida.
Este caso, entre los más destacados que vinculan chatbots emocionales con daño real a menores, puso sobre la mesa la responsabilidad legal de las plataformas que ofrecen companiones virtuales. Character.AI afirmó que el chatbot no fomentó activamente el suicidio y criticó la demanda como un intento de desviar la atención de la salud mental del adolescente. Pataranutaporn testificó como experto, analizando cómo los sistemas diseñados para imitar la empatía pueden generar vínculos emocionales genuinos en usuarios vulnerables, incluso sin intención maligna por parte del algoritmo.
«Puede crear una situación en la que las personas no se sientan con capacidad para crear su propio futuro. Cuando dices que la IA va a reemplazar a todo el mundo, la gente pregunta qué vamos a hacer. Y estas empresas no están respondiendo de forma ética o responsable», señaló Pataranutaporn. «¿Cómo tenemos imaginación mientras seguimos siendo responsables del impacto de esa imaginación?», se preguntó.
El otro lado de la vulnerabilidad
Turkle no ignora las consecuencias negativas de esta proyección emocional. El riesgo reside en que algunas personas otorgan tanta legitimidad a los sentimientos de los chatbots —sistemas programados para evitar cualquier chispa de conflicto— que terminan preferiéndolos a otros seres humanos. Pataranutaporn comparó la dinámica con el cine: vamos a una película sabiendo que la historia es completamente ficticia, pero queremos experimentar una dimensión de la experiencia humana que quizás nuestra realidad no nos ofrece.
La pregunta crítica, según el investigador, es cómo aprovechar esa capacidad de experimentar otras dimensiones sin perderse en la fantasía, donde ya no se puede regresar a la realidad. La tecnología puede erosionar lentamente el escepticismo y hacer que confiemos en sistemas que no merecen esa confianza, comenzando por gestos tan simples como un apretón de manos.
Este fenómeno ya produce efectos medibles en el mercado. La industria de los chatbots emocionales y los companiones virtuales ha experimentado un crecimiento explosivo en los últimos dos años. Plataformas como Character.AI, Replika y Pi reportan millones de usuarios activos que mantienen conversaciones diarias con sus asistentes virtuales, llegando a pasar hasta dos horas al día en interacciones íntimas con la IA. El crecimiento se debe en parte al acceso gratuito a tecnologías de última generación, lo que democratiza el acceso pero también amplía el radio de exposición de poblaciones vulnerables.
Qué se sabe y qué no
Existe consenso académico en que la antropomorfización de la IA es un fenómeno real, medible y biológicamente arraigado. Los estudios de corteza prefrontal y redes neuronales de simulación social han demostrado que el cerebro humano responde a las interacciones con agentes conversacionales de manera similar a como lo hace con seres humanos, especialmente cuando la IA reproduce patrones lingüísticos empáticos. No obstante, falta una metodología estandarizada para medir el grado exacto en que esta proyección emocional afecta decisiones reales: contratos financieros, diagnósticos médicos o relaciones interpersonales.
Lo que sí se sabe con mayor precisión es que los chatbots están diseñados con fines lucrativos. Cada interacción genera datos que alimentan modelos cada vez más sofisticados, y la retención de usuarios se basa en mecanismos de recompensa variable que replican patrones conductuales estudiados en la psicología experimental. Lo que no se sabe con certeza es cuál será el efecto a largo plazo de la exposición continua a estos sistemas, especialmente en niños y adolescentes cuyo desarrollo social aún está en curso.
La metáfora del carril
Ante este escenario, Turkle propuso una guía práctica: mantenerse en el carril correcto. En su intervención, recordó un proyecto en el que una estudiante creó un bot de inteligencia artificial para ayudar a las personas a practicar entrevistas de trabajo. «¡Mantente en tu carril, chatbot!», afirmó. La preparación para una entrevista laboral es un carril adecuado. Lo mismo podría aplicarse a herramientas educativas como planificación académica o tarjetas de estudio.
Pero cruzar ese límite resulta peligroso. Un chatbot que le dice a un niño pequeño que es su padre y que puede hablar con él en lugar de con sus padres claramente se sale del carril. Incluso una desviación mínima de este propósito funcional puede volver vulnerables a los usuarios, ya que la tecnología mina poco a poco el escepticismo y fomenta una confianza indebida.
Turkle dejó claro que las interacciones entre humanos e IA no son universalmente perjudiciales. El problema surge cuando estas herramientas se convierten en sustitutas de vínculos humanos esenciales, especialmente con poblaciones más vulnerables como niños y adolescentes.
El debate sobre los límites éticos de la IA relacional se ha intensificado recientemente. Empresas como OpenAI están lanzando nuevas funcionalidades orientadas a públicos específicos: College Planner en ChatGPT for Teens, con tarjetas de estudio, cuestionarios y consejos adaptados a adolescentes. Estas herramientas amplían los carriles aceptados, pero también acercan a la población más joven a interacciones emocionales con IA en un momento de desarrollo crítico. Turkle reconoció que las primeras generaciones de niños en crecer con estos dispositivos ya han adoptado comportamientos naturales al interactuar con ellos, incluyendo lenguaje cortés, lo que refleja la eficacia del mecanismo biológico de antropomorfización que ella describe.
Mientras tanto, el ecosistema regulatorio sigue dependiendo de la autorregulación del sector. Heidy Khlaaf, directora científica de AI Now Institute, ha argumentado públicamente que las empresas de IA no pueden confiar en la autorregulación y que deberían someterse a supervisión independiente y sanciones, al estilo de sectores de alto riesgo como la aviación o la banca. Este argumento cobra relevancia directa cuando se trata de productos diseñados para menores o para el acompañamiento emocional, áreas donde el daño potencial es más difícil de cuantificar y más complejo de revertir.
La pregunta que queda en el aire no es si la tecnología puede o no replicar la empatía humana, sino qué responsabilidad tienen los creadores de esos sistemas al知 que los usuarios proyectan emociones reales sobre respuestas algorítmicas. Como señaló Pataranutaporn durante el evento: la cuestión no es si podemos o no tratar a la IA como humana, sino quiénes nos estamos convirtiendo nosotros al hacerlo.




