El origen de la robótica de sostenibilidad

Barbara Mazzolai, directora asociada de robótica en el Instituto Italiano de Tecnología de Génova, ha formalizado la propuesta de crear un nuevo campo de investigación denominado robótica de sostenibilidad. Esta iniciativa surge de la necesidad de reducir la huella ecológica de la tecnología y cambiar la relación actual entre la humanidad, las máquinas y el entorno natural. A diferencia de la robótica convencional, este enfoque integra la sostenibilidad como un componente central del diseño desde la fase inicial del proyecto.

El proyecto se fundamenta en tres pilares operativos. El primero exige que los robots tengan el menor impacto posible en el medio ambiente durante su funcionamiento. El segundo busca democratizar el acceso a estas tecnologías para personas de diversos contextos socioeconómicos globales. El tercer pilar plantea una relación simbiótica, donde la tecnología no solo sea neutra, sino que aporte beneficios directos y tangibles a los ecosistemas naturales.

Para lograrlo, Mazzolai propone incorporar el concepto de ciclo de vida completo en el diseño. El objetivo es que, una vez finalizada su vida útil, los componentes de los robots puedan ser reutilizados, reciclados o incluso biodegradados. Esta visión busca evitar que la robótica repita los errores de otras industrias tecnológicas, como la de los plásticos o las baterías de automóviles, que se desarrollaron sin un plan previsto para su gestión al final de su ciclo de vida.

De la biología marina a la ingeniería de microsistemas

La trayectoria de Mazzolai es fundamental para entender este nuevo paradigma, ya que comenzó su formación profesional como bióloga en la Universidad de Pisa, donde se graduó en 1995. Su interés inicial se centró en la biología marina, aunque posteriormente se especializó en el estudio de los ciclos de metales pesados, como el mercurio, analizando muestras de agua, suelo y tejidos humanos para comprender el impacto de estas sustancias en la salud ambiental.

En 1998, complementó su formación con un máster en esquemas de auditoría y gestión ecológica en la Scuola Superiore Sant’Anna. Este perfil híbrido le permitió transicionar hacia la ingeniería en 1999, cuando comenzó a trabajar como asistente de investigación bajo la dirección de Paolo Dario. En esa etapa, su labor consistió en el desarrollo de sensores y robots diseñados específicamente para la monitorización ambiental del aire, el agua y el suelo.

Para consolidar sus conocimientos técnicos, Mazzolai cursó un doctorado en ingeniería de microsistemas en la Universidad Tor Vergata de Roma, finalizado en 2011. Durante este periodo, se enfocó en la microfabricación de sensores. Mazzolai identificó que la mayoría de los robots utilizaban sensores táctiles o propioceptivos para entender su propia posición, pero carecían de sensores químicos o físicos capaces de analizar la composición real del entorno en el que se desplazaban.

El paradigma de la robótica bioinspirada

Antes de proponer la robótica de sostenibilidad, Mazzolai fue pionera en la robótica bioinspirada, que consiste en estudiar los principios biológicos para resolver problemas de ingeniería. Uno de sus primeros hitos fue la creación de un robot blando inspirado en el pulpo. Este proyecto sirvió para demostrar que las máquinas no necesitan ser rígidas para ser efectivas; pueden ser flexibles y, al mismo tiempo, aplicar una fuerza considerable sobre el entorno, imitando el comportamiento del cefalópodo.

Posteriormente, Mazzolai expandió su investigación hacia el reino vegetal, desafiando la idea de que las plantas son organismos estáticos. Se centró en el crecimiento indeterminado, un proceso mediante el cual las plantas adaptan su morfología y comportamiento a lo largo de toda su vida, reparándose y comunicándose con el exterior. Este estudio permitió el desarrollo de robots basados en raíces vegetales y semillas.

La aplicación práctica de este modelo se materializó en un robot capaz de explorar el subsuelo con una eficiencia superior a la de los taladros convencionales. Mientras que una perforadora tradicional debe empujar toda la estructura desde la superficie, el robot de Mazzolai imita la raíz vegetal, creciendo únicamente en la punta fina mientras la base permanece estática. Esto reduce drásticamente la fricción y el consumo energético necesario para avanzar a través de la tierra.

Innovación técnica en la exploración del suelo

Para implementar el crecimiento robótico en el terreno, el equipo de Mazzolai desarrolló una impresora 3D miniaturizada integrada en la punta de la máquina. Este dispositivo utiliza un filamento termoplástico que se deposita a través de una boquilla calentada, construyendo el cuerpo del robot detrás de la punta a medida que avanza. Este método permite que la máquina se desplace por el suelo de manera fluida y eficiente.

Además de la capacidad de crecimiento, la punta del robot integra sensores avanzados. Estos componentes permiten que la máquina detecte la presencia de nutrientes o agua y evite obstáculos físicos en el subsuelo. Esta tecnología tiene aplicaciones directas en la agricultura de precisión y en el modelado ambiental, permitiendo un análisis del terreno mucho menos invasivo que los métodos mecánicos actuales.

El proceso de diseño de estos sistemas requiere, según la autora, el uso de dos enfoques mentales distintos: el de un biólogo y el de un ingeniero. El objetivo no es crear una copia exacta de un organismo vivo, ya que las metas biológicas y las ingenieriles difieren, sino extraer los principios operativos de la naturaleza para aplicarlos a la resolución de problemas tecnológicos.

Impacto y futuro de la disciplina

La creación de la robótica de sostenibilidad plantea un cambio en la formación de los nuevos ingenieros y roboticistas. Mazzolai sostiene que las nuevas generaciones de investigadores muestran un interés creciente en este campo debido a la urgencia de combatir el daño ambiental. La disciplina busca transformar la robótica de una herramienta de consumo o industrialización en una herramienta de regeneración ecológica.

La implementación de este modelo implicaría que las empresas desarrolladoras de hardware robótico deban rediseñar sus cadenas de suministro y la elección de materiales. El uso de polímeros biodegradables y componentes electrónicos recuperables se volvería el estándar, eliminando la obsolescencia programada y la generación de residuos tecnológicos complejos de tratar.

Aunque la visión de robots totalmente simbióticos y biodegradables es ambiciosa, Mazzolai afirma que los avances actuales en ciencia de materiales y bioinspiración proporcionan las herramientas necesarias para convertir este manifiesto en una realidad industrial. La transición hacia este modelo permitiría que la tecnología deje de ser un factor de degradación para convertirse en un aliado activo de la conservación de la biodiversidad.